Algún año más tarde lo empecé a ver por el barrio de Navarrería, donde era un habitual de los bares y garitos de la zona que también yo frecuentaba, entre algaradas callejeras y pelotas de goma. Era de sonrisa fácil, contagiaba su alegría de vivir y no recuerdo haberle visto enfadado nunca, a pesar de su discapacidad. De trato cercano y cariñoso, enseguida se hizo popular y todo el mundo lo saludaba, contestando al frecuente “¿qué tal Ramón?” con su acostumbrado “¡De puta madre!”.
Le gustaba a rabiar el rock&roll y procuraba ir a todos los conciertos que podía. Aún recuerdo una vez que el coche nos dejó tirados en el Puerto de Velate con las entradas del concierto en Donosti del Zappa en el bolsillo y la silla de ruedas en el maletero. No pudo ser aunque, una vez de vuelta al Casco Viejo de Iruña, nos tomamos la revancha (y muchas copas y humos) por todas las tascas del barrio para compensar.
Se apuntaba a un bombardeo y me acuerdo de la presentación del TMEO Circus, allá por 1988, en la Plaza de San Nicolás donde, junto con echafuegos, equilibristas y domadores de gallinas, se vistió el mono de coche de carreras y se convirtió en “El Piloto del Infierno”, demostrando su pericia al pilotar su silla de ruedas haciéndola pasar por un aro de fuego una y otra vez; tanto se animó que casi hubo que utilizar el extintor al engancharse la manilla de la silla con el alambre que sujetaba la guata ardiente. Por suerte no hubo que lamentar ningún incidente.
Le gustaba bajar la calle Curia a toda velocidad y era todo un espectáculo verlo girar sobre una sola rueda donde el Carrico de Lucio para enfilar la Navarrería en un alarde de destreza en el manejo de la silla. Nunca se quejó de nada ni tuvo una mala cara con nadie. Era magnánimo y paciente hasta con los pelmas que se le acercaban y siempre se supo apañar para volver a su casa, en un tercero sin ascensor y para contarnos su vida con sencillez y naturalidad, a pesar de sus impedimentos.
¡Qué fácil vencía las dificultades que la vida le puso en su camino!. Hizo de su existencia un regalo para todos nosotros y un ejemplo de fortaleza y dignidad, dejando un magnífico recuerdo en todos los que le conocimos. Imposible de olvidar y de dejar de querer. Gracias Ramón por haber tenido el privilegio de conocerte.
Suyo, afectadísimo: Juanito Monsergas

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