No creo que sorprenda demasiado si
califico a la estupidez como uno de los motores de la evolución
humana. Habrá quien me contradiga remarcando que ha sido la
inteligencia la característica que ha propiciado el desarrollo de
nuestra especie pero no hay que olvidar la contribución de la
necedad a lo largo de la historia y la abundancia de tontos de
solemnidad en el presente, algunos incluso dirigiendo los destinos de
algún país cuando no del mundo.
Siendo pues la estulticia fuerza innata
tan poderosa y universal que no precisa instrucción ni aprendizaje,
parece increíble que todavía nadie haya dedicado una cátedra al
estudio y desarrollo de la estupidología, la neciología
o la idiotología, o cuál sea el término adecuado para tal
disciplina, dedicada a profundizar en la erudición y arcanos de esta
común instrucción. Se dice que “de genios y locos todos tenemos
un poco” y nadie se salva de cometer tonterías, aunque ninguno nos
reconozcamos como idiotas y quede patente que la memez esté tan bien
distribuida, geográfica, generacional, social y profesionalmente, no
faltando casos a diario en medios de comunicación y redes sociales.
Bien es cierto que hay distintas intensidades de sandeces pero el
estúpido rara vez se reconoce y es poco probable que la majadería
venga en dosis modestas.
Así como las declaraciones
extemporáneas y disparatadas han tenido una repercusión moderada
mientras periódicos, radios y televisiones eran propias de los
gestores de la cosa pública, la moral y el orden social, en la
actualidad, con la proyección universal e inmediatez que dan las
nuevas tecnologías, los idiotas y las idioteces han conseguido una
trascendencia y un protagonismo inusitados y, por supuesto,
totalmente inmerecidos. Pareciera que, gracias a esta democratización
en la difusión de los mensajes, todas las opiniones fueran igual de
válidas equiparando la sesuda erudición de un premio Nobel con la
irreflexiva ocurrencia de un extraviado mental.
Viene ello al caso, no sólo por las
declaraciones del arzobispo de Valencia y ex vicepresidente de la
Conferencia Episcopal en las que asegura que “la vacuna que se está
investigando para la erradicación de la Covid-19 está
confeccionada por el demonio con fetos abortados”, sino también
por la manifestación convocada por los autodenominados “Héroes
del planeta”, “contra los psicópatas de la nueva a-normalidad y
sus secuaces del negocio del miedo”, a la que se adhirieron
negacionistas de la pandemia, antivacunas, conspiranoicos,
terraplanistas e incluso “Médicos por la verdad”, se supone que
colegiados aunque, probablemente, inclinados a otras “para-medicinas”
más espirituales y lucrativas. No serán pocos los galenos que se
habrán revuelto en sus tumbas y no digamos en sus consultas.
Nadie estamos libres de cometer
insensateces, necesitamos una alta opinión de nosotros mismos y
disimular la realidad negando, olvidando o justificando nuestras
propias faltas y exagerando las del prójimo. Porque la estulticia
está emparentada con el orgullo, la vanidad, la credulidad, el
temor, el prejuicio, la risa... ¿cómo imaginar una humanidad sin
avaricia, sin cólera o envidia? ¿qué mundo sería éste si no
hubiera pasiones, melancolía, locura.? ¿dónde quedarían el
sarcasmo y la risa en una sociedad sin paradoja? ¿Tiene cura la
estupidez? Los entendidos aseguran que para combatir la idiotez,
sobre todo la propia, lo mejor es leer sin descanso, escabullirse de
las discusiones con estúpidos y aislarse y buscar espacios y
actividades tranquilas, solitarias y silenciosas, así evitaremos la
expansión de nuestras estupideces y no contagiarnos de las ajenas;
más o menos como con la Covid-19.
Decía Schiller que “contra los
necios hasta los dioses luchan en vano” y digo yo si, así como
hemos aprendido a conseguir energía a base de compost y detritus, no
podríamos aprovechar de alguna manera el inagotable potencial de la
estupidez humana. Seguro que daba para acabar con el hambre en el
mundo, el calentamiento global, las guerras, la explotación de las
personas, la crisis económica... y aún sobraría energía para las
luces de navidad.
Suyo, afectadísimo: Juanito Monsergas.